sábado, 9 de febrero de 2008

6

Abril salió a escondidas del hospital tras dejar al pobre enfermero que sólo por obligación luego de lo sucedido, le tendió la ayuda que necesitaba para salir. Se sentía un poco culpable y luego sintió lástima por él. Parecía un muchacho bueno e inocente. Hasta le abrió la puerta sólo después de que ella le prometiera que volvería. Y ella sabía que no iba a ser así. Seguramente él también.

Ella estaba tan contenta de caminar por otro lugar que no fuera el hospital que se pasó horas y horas caminando sin percatarse del tiempo. La ciudad desbordaba de gente que, por el horario, seguramente iba a trabajar. Caminando llegó hacia un puente en el que los autos transitaban a fuertes velocidades. Sin miedo a nada, lo cruzó y en la mitad del puente, traspasó la baranda. Se sostuvo con fuerza. Antes de arrojarse al río, debía pasar su toda su vida frente a ella. Pero en ese momento nada pasó por su mente.

Cuando estaba a punto de soltarse, escuchó a alguien decir su nombre. Se quedó quieta y prestó atención. No escuchó nada más que el ruido de los coches que seguían pasando velozmente. Creyó que era parte de su imaginación, seguramente a causa de la medicación que el doctor le daba que ella nunca creyó apropiada. Intentó volver a concentrarse.

-¿Abril? -escuchó a alguien.

Volteó su rostro y vio a un hombre acercarse lentamente hacia a ella, quien lo reconoció inmediatamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

-Tranquilízate y toma mi mano -siguió hablando el hombre.

-¿Usted? -preguntó ella sin poder creer lo que veía. Distraída, soltó una de sus manos de la baranda e inmediatamente tropezó.

-¡Abril! -gritó el hombre que corrió a sostenerla. Ella había quedado colgando sólo de uno de sus brazos.

-Por favor, no me deje caer -pidió ella llorando.

-No, Abril, ven -le dijo y con cuidado logró subirla totalmente. Ella lo abrazó y él respondió al abrazo sin entender.

Cuando miró a su alrededor, vio que habían varias personas que los observaban.

-Está todo bien -dijo él-. No pasó nada. Fue un pequeño accidente. Pueden volver a lo suyo. No hay nada más que ver.

Muchos siguieron sus rumbos pero algunos curiosos quedaron.

-¿Estás bien, Abril?

-Sí, señor -dijo ella-. ¿Cómo me encontró?

-Pues es el que camino que recorro para ir hasta el hospital. Y justo te vi y...

-¿Cómo sabe del hospital? -preguntó ella asustada.

-Abril, ¿no me reconoces?

-Por supuesto que lo reconozco. Ayer tuve el sueño más hermoso de mi vida y usted estaba ahí.

Él sonrió. Ella lo miraba sin entender.

-Abril, yo soy el doctor Lezic. Es probable que ayer cuando estabas inconsciente no hayas estado tan inconsciente al fin y al cabo. Yo fui quien acudió a verte. Por cierto, estás bastante débil. Te estás alimentando muy mal...

-¿Qué me está diciendo? -lloró ella y al darse cuenta de que él era un doctor y por lo tanto querría llevarla al hospital quiso salir corriendo pero el la agarró inmediatamente.

-No, Abril, no. Vas a venir conmigo. Sube al auto -le ordenó sin dejarla ir.

-No debo subir al auto de extraños.

-Nunca le has hecho demasiado caso a ese dicho, ¿verdad? -dijo él y se arrepintió inmediatamente luego de darse cuenta.

-¿Qué le dijeron de mí?

-Perdóname, no me di cuenta. Sube al auto -él la soltó. Sabía que no podría irse, de todos modos él la alcanzaría.

-No quiero ir allá otra vez.

-Lo sé.